¿Y si la dependencia emocional es más que el miedo al abandono?

A veces buscamos un gran trauma para explicar la dependencia emocional y no lo encontramos. Investigaciones recientes (Şar, 2025) sugieren que esto ocurre porque existen heridas invisibles, las heridas de omisión. No se trata necesariamente de lo que nos hicieron, sino de lo que faltó en momentos clave de nuestra infancia.

Son situaciones en las que necesitábamos una respuesta emocional y nuestros cuidadores no pudieron estar presentes de forma coherente. Incluso la sobreprotección puede dejar una huella silenciosa: aunque se disfrace de cuidado, si es excesiva, puede invadir nuestra autonomía y enseñarnos que solo estamos a salvo si alguien más lleva las riendas.

El fallo en el «termostato» emocional

Más que miedo, el artículo sugiere que lo que experimentamos es una fractura en nuestra moderación interna. La moderación interna es la capacidad que nos permite equilibrar nuestros estados internos, navegando entre extremos (como la cercanía y la distancia o la activación y la inhibición) sin desmoronarnos.

Cuando esta función se daña en la infancia debido a la falta de sintonía con los cuidadores, perdemos nuestro «termostato» emocional.

  • No nos aferramos a otra persona solo por miedo a la soledad; lo hacemos porque necesitamos a alguien externo que haga la función de regularnos.
  • Sin la otra persona, nuestro sistema oscila entre el vacío total y el entumecimiento (sobremodulación) o el desbordamiento afectivo y la impulsividad (inframodulación), y no sabemos cómo volver al centro por nuestra cuenta.

La influencia de lo que «no sucedió»

A menudo buscamos un gran evento traumático para justificar nuestra dependencia, pero el autor explica que estas heridas suelen ser de omisión. Se trata de lo que no pasó: esos momentos de necesidad emocional en los que nuestros cuidadores no pudieron sintonizar con nuestras señales de forma coherente.

Incluso la sobreprotección puede ser una herida invisible.

  • Aunque se disfraza de «cuidado», el control excesivo funciona como una intrusión psicológica.
  • Al ser sobrecontroladas/os, se invade nuestra autonomía y se nos enseña que la seguridad solo es posible si estamos bajo el control de alguien más. Esto crea un «enredo» emocional donde las fronteras entre nuestro «yo» y el «otro» se borran.

¿Por qué aceptamos relaciones desiguales?

A veces nos preguntamos por qué, si somos nosotras/os quienes «necesitamos» afecto, terminamos siendo quienes más esfuerzo ponemos para que la relación funcione. El articulo explica este fenómeno a través de un concepto clave: la vulnerabilidad de encriptación.

Para entenderlo, imagina que en una relación sana, tú y la otra persona crean un «código secreto» de gestos, miradas y afectos que solo ambos comparten; esto es lo que nos hace sentir que la relación es única y segura. Sin embargo, cuando existe esta vulnerabilidad, ese equilibrio se rompe de tres formas:

  • Priorizamos la conexión sobre nuestro bienestar: Al no tener un «termostato emocional» propio (moderación interna), sentimos que nuestra estabilidad depende totalmente de que el vínculo siga vivo.
  • Aceptamos el «parasitismo»: Ante el miedo vital a que ese hilo se corte, preferimos ser quienes «nutren», cuidan y sostienen al otro, aunque no recibamos nada a cambio. Para el sistema de apego, es mejor darlo todo que enfrentarse al vacío de la desconexión.
  • Confianza rígida en el vínculo: Nos aferramos tanto a ese «código compartido» que nos cuesta mucho aceptar que la relación ya no es mutua, ignorando las señales de que la otra persona ya no está presente de la misma manera.

En definitiva, «dar de más» no es una debilidad de carácter. Es una estrategia de seguridad que aprendimos para intentar que los demás no se alejen y así no tener que enfrentarnos a una desregulación emocional que sentimos que no podemos manejar solas/os.

El camino: construir nuestra propia «Moderación Interna»

Si la dependencia emocional es el resultado de un fallo en cómo nos regulamos, la recuperación no es solo cuestión de «echarle ganas». Según el autor, se trata de una reorganización interna para recuperar el equilibrio.

Este proceso tiene tres pilares fundamentales:

  • Restablecer el equilibrio: El objetivo es volver al «punto medio». Consiste en desarrollar la capacidad de navegar entre los extremos (como la necesidad de cercanía o el impulso de alejarte) sin que tu sistema emocional colapse.
  • Recuperar la confianza en los demás: El trauma invisible nos hace sospechar de las intenciones ajenas o «congelarnos» ante los demás. La reconstrucción del vínculo significa volver a sentir que las relaciones son una fuente fiable de apoyo y que puedes interpretar lo que el otro siente con flexibilidad y sin miedo.
  • Diálogo entre tus «partes» internas: En lugar de rechazar tu parte dependiente, el autor propone que aprendas a escuchar tus distintos estados internos. Por ejemplo, permitir que tu faceta que busca autonomía hable con la faceta que busca protección, para que ambas puedan coexistir de forma sana.

Una nueva mirada hacia nosotras/os mismas/os

Reconocer que nuestra dependencia emocional puede ser la respuesta a una asincronía temprana —a esa falta de sintonía o a esa sobreprotección que invadió nuestro espacio— es profundamente liberador. Nos permite dejar de vernos como personas «débiles» y empezar a vernos como individuos que están aprendiendo a construir su propia seguridad interna.

La dependencia emocional es un camino complejo de apego traumático, pero como señala el estudio, siempre existe el potencial reparador de los vínculos seguros. El primer paso es, simplemente, empezar a notar cómo funciona nuestro propio termostato emocional.


Fuente: Şar, V. (2025). From attachment trauma to traumatic attachment: invisible injuries of early childhood and subtle relational codes of self-regulation. Clinical Neuropsychiatry, 22(5), 417-422.